Rico en MISERICORDIA

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El Papa Juan Pablo II nos ha dejado una carta encíclica llamada “Dives in Misericordia” (Rico en Misericordia) en la cual reflexiona y profundiza en el misterio de la Misericordia divina.

 

  “Las reflexiones de la Dives in misericordia fueron fruto de mis experiencias pastorales en Polonia y especialmente en Cracovia.
   Digo esto porque las revelaciones de sor Faustina, centradas en el misterio de la Divina Misericordia, se refieren al período precedente a la Segunda Guerra Mundial. Precisamente el tiempo en que surgieron y se desarrollaron esas ideologías del mal como el nazismo y el comunismo. Sor Faustina se convirtió en pregonera del mensaje, según el cual la única verdad capaz de contrarrestar el mal de estas ideologías es que Dios es Misericordia, la verdad del Cristo misericordioso. Por eso, al ser llamado a la Sede de Pedro, sentí la necesidad imperiosa de transmitir las experiencias vividas en mi país natal, pero que son ya acervo de la Iglesia universal” (Juan Pablo II, Memoria e identidad, capítulo 2)

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Síntesis de la encíclica

Somos invitados a conocer la Misericordia de Dios a través de su Hijo Jesús. Ya que al mirar y conocer a Jesús, descubrimos que Dios es un Padre rico en Misericordia: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn. 14,9)

   Cristo revela a Dios que es Padre, que es «amor», como dirá san Juan en su primera Carta; revela a Dios «rico de misericordia», como leemos en san Pablo. Esta verdad, más que tema de enseñanza, constituye una realidad que Cristo nos ha hecho presente.

   Jesús hace de la misma misericordia uno de los temas principales de su predicación. Baste recordar la parábola del hijo pródigo o la del buen Samaritano. Basta tener ante los ojos al Buen Pastor en busca de la oveja extraviada o la mujer que barre la casa buscando la dracma perdida.

Es necesario constatar que Cristo, al revelar el amor-misericordia de Dios, exigía al mismo tiempo a los hombres que a su vez se dejasen guiar en su vida por el amor y la misericordia. Esta exigencia forma parte del núcleo mismo del mensaje mesiánico.

   Para entender qué es la Misericordia, el Papa Juan Pablo explica primero el concepto de Misericordia en el Antiguo Testamento. Allí Dios se da a conocer a su pueblo como alguien lleno de amor, compasión y fidelidad.

   Luego en el Nuevo Testamento, dedica una gran importancia a la Parábola del hijo pródigo, que expresa la esencia de la Misericordia divina, de manera particularmente límpida.(D.M. 5)

   El padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde siempre sentía por su hijo. Tal fidelidad se expresa en la parábola no sólo con la inmediata prontitud en acogerlo cuando vuelve a casa después de haber malgastado el patrimonio; se expresa aún más plenamente con aquella alegría, con aquel aire festivo tan generoso respecto al disipador después de su vuelta, de tal manera que suscita contrariedad y envidia en el hermano mayor, quien no se había alejado nunca del padre ni había abandonado la casa. (D.M. 6)

   La misericordia —tal como Cristo nos la ha presentado en la parábola del hijo pródigo— tiene la forma interior del amor, que en el Nuevo Testamento se llama agapé.

Tal amor es capaz de inclinarse hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia toda miseria moral o pecado. Cuando esto ocurre, el que es objeto de misericordia no se siente humillado, sino como hallado de nuevo y «revalorizado». (D.M. 6)

 

EL MISTERIO PASCUAL

Misericordia revelada en la cruz y en la resurrección

   En la pasión y muerte de Cristo —en el hecho de que el Padre no perdonó la vida a su Hijo, sino que lo «hizo pecado por nosotros» — se expresa la justicia absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa de los pecados de la humanidad. Esto es incluso una «sobreabundancia» de la justicia, ya que los pecados del hombre son «compensados» por el sacrificio del Hombre-Dios.

Sin embargo, tal justicia, que es propiamente justicia «a medida» de Dios, nace toda ella del amor: del amor del Padre y del Hijo, y fructifica toda ella en el amor.

Creer en el Hijo crucificado significa «ver al Padre», significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia.

   Este es el Hijo de Dios que en su resurrección ha experimentado de manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte. (D.M. 8)

LA MISERICORDIA DE DIOS EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA

   La Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo, en toda su misión de Mesías, profesándola principalmente como verdad salvífica de fe necesaria para una vida coherente con la misma fe, tratando después de introducirla y encarnarla en la vida bien sea de sus fieles, bien sea—en cuanto posible—en la de todos los hombres de buena voluntad. Finalmente, la Iglesia—profesando la misericordia y permaneciendo siempre fiel a ella—tiene el derecho y el deber de recurrir a la misericordia de Dios, implorándola frente a todos los fenómenos del mal físico y moral, ante todas las amenazas que pesan sobre el entero horizonte de la vida de la humanidad contemporánea. (D.M. 12)

ORACIÓN DE LA IGLESIA DE NUESTROS TIEMPOS

La Iglesia recurre a la misericordia divina

Es necesario que todo cuanto he dicho en el presente documento sobre la misericordia se transforme continuamente en una ferviente plegaria: en un grito que implore la misericordia en conformidad con las necesidades del hombre en el mundo contemporáneo.

Con tal grito nos volvemos, como todos los escritores sagrados, al Dios que no puede despreciar nada de lo que ha creado, al Dios que es fiel a sí mismo, a su paternidad y a su amor. Y al igual que los profetas, recurramos al amor que tiene características maternas y, a semejanza de una madre, sigue a cada uno de sus hijos, a toda oveja extraviada, aunque hubiese millones de extraviados, aunque en el mundo la iniquidad prevaleciese sobre la honestidad, aunque la humanidad contemporánea mereciese por sus pecados un nuevo «diluvio», como lo mereció en su tiempo la generación de Noé.

   La Iglesia que, siguiendo el ejemplo de María, trata de ser también madre de los hombres en Dios, exprese en esta plegaria su materna solicitud y al mismo tiempo su amor confiado, del que nace la más ardiente necesidad de la oración.

 

 

Texto completo de la Encíclica “Dives in Misericordia”