Obras de misericordia

Desde la época de los profetas, Dios manifestó a su pueblo el camino de la misericordia como senda de purificación de los pecados y como momento privilegiado de comunión y servicio a nuestro prójimo.

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   Desde ese entonces las Obra de Misericordia son presentadas por el profeta Isaías, por ejemplo en el capítulo 58, como “el ayuno agradable a Dios”.

Las Obras de Misericordia se convierten, en su sentido más auténtico y verdadero, en un camino, una escuela de humanidad que alcanza su plenitud cuando nos “revestimos de los sentimientos de Cristo Jesús” (Efesios 2,5).

“… ¿No será más bien este otro ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad, deshacer las cadenas del yugo, dar libertad a los oprimidos, y arrancar toda esclavitud? ¿No será partir con el hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en tu casa? ¿Que cuando veas al desnudo lo cubras y de tu semejante no te apartes? Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente…”

   Esta práctica debemos entenderla y cobijarla en el corazón mismo de la virtud de la caridad. La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Jesús hace de la caridad el “Mandamiento Nuevo”, amando a los suyos hasta el fin, manifestando el amor del Padre que ha recibido. “Como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes, permanezcan en mi amor” (Juan 15,9).

   La caridad articula y ordena el conjunto de las virtudes cristianas. Todo lo bueno que puede hacer el hombre, si lo hace sin caridad, no sirve para nada. Recomendamos leer el Himno a la Caridad de la segunda carta de San Pablo a los Corintios, en el capítulo 13. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana para amar y nos hace amar como Dios nos ama.
   Los frutos de la virtud de la caridad son el gozo, la paz y la misericordia, y así llegamos a la conclusión de que las Obras de Misericordia son el fruto genuino de la virtud de la caridad, generando en el corazón y en la vida de los hombres el reinado de la paz y el gozo de una vida cristiana plena.

   La tradición bíblica y cristiana ha conformado el conjunto de las Obras de Misericordia en catorce actitudes, siete llamadas corporales y siete, espirituales. Aquí enumeramos las Obras de Misericordia, acompañadas con algunos textos bíblicos que enriquecen la reflexión.

Obras corporales

1-DAR DE COMER AL HAMBRIENTO

Pertenece al núcleo del Evangelio. Es una exigencia para todos los cristianos. Supone que se conozcan mínimamente las necesidades de un pueblo. La comida es esencial para la supervivencia humana. En esta obra, la misericordia se manifiesta en el alimento corporal dado al que lo necesita. Nuestra devoción nos conduce a este tipo de caridad, no sólo en circunstancias extremas, sino en cualquier momento y a cualquier persona que lo necesite. Mt.4,1-4 / Mt.5,6 / Jn.6,1-13

2-DAR DE BEBER AL SEDIENTO

Se trata de la sed corporal, de la necesidad de bebida y líquidos para evitar la deshidratación. No es un añadido a la primera obra, pues el cuerpo humano está compuesto en un 70% de agua. Esta obra no sólo se refiere a una actitud individual, sino tiene marcada incidencia social. Evitar derroche de agua, promover le descubrimiento de agua pura en zonas difíciles, contribuir a los gastos de saneamiento e higiene de lugares que carecen de agua y son focos de infección o enfermedad. Jesús se identificaba con el sediento, el que no tiene agua y el que enfermó por beber aguas dañadas o lavarse con aguas sucias. Lc.10,29-37 / Lc.16,19-31 / Jn.4,41-42 / Jn.7,37 38

3-VESTIR AL DESNUDO

Hay millones de personas que carecen de ropa en zonas cálidas y frías. Si pensamos en el costo de unas zapatillas comprenderemos que millares de campesinos de América Latina y otras partes del mundo, nunca en su vida podrán adquirirlas. La misericordia nos llama a salir al encuentro de esa necesidad, desprendiéndonos de la ropa superflua y los calzados no usados que duermen en los armarios durante años. Los dirigentes tendrán que aceptar que el trabajo es más importante que el capital y merece una paga más justa. Mientras llega la hora de una justicia mejor, los católicos no podemos cruzarnos de brazos. Hay hermanos que mueren de frío. Mt.6,25 / Lc.12,22-31

4-VISITAR ENFERMOS Y PRESOS

En el enfermo se manifiesta con claridad la vulnerabilidad de la existencia humana. Es un necesitado, no sólo de cuidado sanitario, sino de afecto, consuelo, elevación espiritual. La enfermedad produce consecuencias que nos asombran, incluso en personas conocidas. Cristo mismo sufrió graves dolores y heridas durante el Viernes Santo. Su tortura por parte de los soldados, y la traición y el abandono de los suyos también vulneraron su cuerpo humano. Y si bien su voluntad permaneció unida a la de su Padre, su cuerpo experimentó el dolor que acompaña a la enfermedad; pero, además, Jesús estuvo preso en ese Viernes Santo y, por consiguiente, sin posibilidad de ser ayudado por quienes hubiesen hecho lo posible para hacerle menos penosa su situación. Mt.4,24 / Mt.8,5 / Lc.7,1-10 / Jn.4,46 / Mc.1,29 / Lc.4,16-19 / Mt.11,28-30 Jesús nos pide visitar; nada más. Esta obra de misericordia no consiste en ir a dar consejos, ni averiguar qué hizo mal una persona u otra, no curiosear, ni enjuiciar a nadie. Sólo visitar en actitud de hermano frágil y vulnerable como el que recibe la visita. Las condiciones de la visita son: humildad y amor de Dios, comprensión y generosidad interior.

5-DAR ALBERGUE AL PEREGRINO

Esta obra parece retrotraernos a la Edad media y nos hace imaginar el “camino de Santiago de Compostela” o de las famosas peregrinaciones a Tours. Tiene, con todo, un aspecto moderno; las peregrinaciones no han terminado. No se hacen ya como antes, pero siguen existiendo y pertenecen al mundo religioso de los que buscan a Dios y lo adoran. Albergar al peregrino hoy es un llamado a los que viven en las ciudades sedes de santuarios para que ayuden como puedan a los que llegan buscando la misericordia de Dios. Poner a disposición sanitarios, bebidas, remedios y lugar de descanso puede ser una manera de recibir al peregrino, que es Cristo. Lc.10,1-11 / Mt.10,11-13; Mc.9,37 / Jn.13,20 / Lc.10,38-42

6-REDIMIR AL CAUTIVO

Esta obra parece que pasó de moda. Sin embargo, además de los rehenes por motivos políticos, existen hoy nuevos esclavos y hay que redimir de nuevas esclavitudes que amenazan a la humanidad. Un ejemplo es la selección de temas que organiza la TV para dirigir la atención; la manipulación política, la violencia, la drogadicción, la extorsión, la corrupción, los negociados, los privilegios, el trabajo esclavo y la trata de personas. Los cristianos queremos marcar la diferencia en una sociedad cuyo principal interés parece el éxito económico y la diversión.

7-ENTERRAR A LOS MUERTOS

Esta obra también parece arcaica. Pero, los devotos de Jesús Misericordioso nos esmeramos en preparar las tumbas de los difuntos para las visitas de oración al cementerio o al cinerario parroquial. Proponemos tres visitas: 1) en la mañana de la Pascua para los que participaron en la Vigilia Pascual que comienza en las últimas horas del Sábado Santo; 2) en el día del aniversario del fallecido, que es como el nacimiento para el Cielo; 3) alrededor del 2 de noviembre que es la conmemoración de los fieles difuntos. Para eso, preparamos las tumbas con amor, poniendo flores frescas, limpiando e incluso colocando carteles con una oración para que recen los parientes. Mt.13,3-12 / Mc.6,17-29 / Lc.23,50-55 / Lc.7,11-17 / Jn.11,1-43

Obras espirituales

1-ACONSEJAR A LOS DESORIENTADOS

Jesús nos dice: “si un ciego guía a otro los dos caerán en un pozo” (Mt. 15, 14). Hay muchos desorientados cerca nuestro. Pero difícilmente podríamos mostrarles el camino, si no hay luz dentro nuestro. El consejo que corresponde dar no es sólo la palabra. Es el testimonio de una vida limpia y entregada. Es la luz de vivir en la verdad, con todo lo que eso cuesta. Y también con la palabra. Hay verbos que indican esto: aclarar (=hacer claro); iluminar (=dar luz). Aclaremos e iluminemos cuando es preciso, para que el prójimo pueda adquirir libertad espiritual.

2-ENSEÑAR A LOS QUE NO SABEN

Jesús nos dice: “el que cumpla y enseñe los mandamientos será grande en el Reino de los cielos” (Mt. 5, 19). La ignorancia verdadera es un atenuante moral. Pero, tristemente, hay algunos que desean mantenerse en la ignorancia para no asumir sus compromisos. Es una ignorancia “afectada”. Y es preciso instruirlos. La Iglesia manda que los pastores dediquen sus mejores esfuerzos a instruir a los fieles. Los demás cristianos colaboran en esta tarea misericordiosa. ¿Quién conoce el Evangelio y vive de Jesús perfectamente?. Los santos nos dieron ejemplo, ansiando salir de su ignorancia. Aprendamos de Santa Faustina que siendo casi analfabeta escribió cosas sublimes sobre la unión mística con Dios.

3-CORREGIR A LOS QUE SE EQUIVOCAN

Ha sido norma de la vida en la Iglesia que los errores deben corregirse apenas detectados. Eso proviene de la norma evangélica (Mt. 18, 15) que si un hermano peca hay que corregirlo inmediatamente. Incluso San Pablo explica cómo debe hacerse la corrección: “corregir con dulzura”; el que corrige como sujeto pecador también y con la realidad de la tentación a la puerta (Gal. 6,1). La corrección debe ser fruto del Espíritu Santo, por consiguiente, humilde. Pero no se debe dejar pasar por alto, lo exige una misericordia bien comprendida.

4-CONSOLAR A LOS AFLIGIDOS

Jesús dice: “Felices los afligidos porque Dios los consolará” (Mt. 5, 5). Hay consuelo de Dios, que Él hace por medio del Espíritu Santo directamente en nuestro corazón. Pero, además, Dios se vale de nosotros para consolar a los demás. No se trata de decir a la gente: no llores, sino de buscar las palabras de la Escritura que mejor sirven para cada situación. Lo mejor es acostumbrase a rezar, meditar y repetir los salmos; en ellos encontramos el mejor consuelo para dar.

5-CUIDAR A LOS QUE ESTÁN A NUESTRO CARGO

San Pablo decía a los cristianos de Éfeso: “con mucha humildad mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor”. (Ef 4, 2) A veces nos cuesta comprender que las dificultades de la ancianidad o la enfermedad deterioran a los seres queridos y que ya no reaccionan como quisiéramos. La relación se hace difícil. Es un momento de elevar nuestra vida de unión con Dios, pues sin la Gracia del Espíritu Santo no podremos ser misericordiosos con los que nos necesitan.

6-PERDONAR LAS OFENSAS

Esta obra de misericordia es la más costosa. Tanto que Pedro preguntó a Jesús cuántas veces debería perdonar al que lo ofendiese. La respuesta de Jesús “setenta veces siete” (Mt. 18, 21-22) significa sencillamente “siempre”. Lo que Jesús pide parece un imposible: “Yo les digo: amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores” (Mt. 5, 44). Poco a poco el Espíritu Santo nos permitirá ir realizando este ideal de santidad, como lo hizo Santa Faustina.

7-ROGAR POR LOS VIVOS Y LOS MUERTOS

Esta obra trata de un aspecto de la vida del cristiano que solemos descuidar: la oración de intercesión. Intercesión viene del verbo “interceder” y quiere decir que nosotros pedimos por los demás. Es un acto de caridad especial que va constituyendo el tejido íntimo de la Iglesia. San Pablo decía a una comunidad: “oramos y pedimos sin cesar por ustedes” (Col. 1, 3-9; Hech. 8, 15). Conviene acostumbrarse a orar incesantemente por nuestros parientes más cercanos, y no sólo por los vivos, sino también por los difuntos. Santa Faustina intercedía constantemente por los pecadores, los moribundos y las almas del purgatorio.